Acabáis de entrar en Villa Vampiro, un lugar oscuro y peligroso, donde podréis descargaros películas y series vampíricas.

Dejáros sumergir en este mundo sangriento, dónde hayaréis una gran variedad de imágenes de estos seres tan intrigantes, que no os dejarán indiferentes.

Deleitáros también con los espectaculares relatos basados principalmente en estos seres, que aquí encontraréis. No podéis perder la oportunidad de hincarles el diente a estas historias que os producirá un sublime escalofrío.

Llevad cuidado en estas tierras malditas y evitar caminar por aqui cuando la noche haya caido y un manto oscuro cubra el cielo, por que os podréis encontrar con un abanico de blogs vampíricos que os pueden engatusar.

En definitiva, os aviso que, una vez que entréis en este blog nacido de las tinieblas donde la sangre es un rico manjar, acabaréis enganchados al mismo y todos los días sentiréis la necesidad de venir nuevamente por estos lares para dejaros seducir por l@s vampir@s que aquí habitan... ¿Te atreverás a conocerl@s?, si es así, adelante... "Villa Vampiro" os invita a que profanéis sus tierras... ¡Sean Bienvenidos!

P.D: Queridos Colmilleros, si conocéis de algún otro blog vampirico, alguna otra película o serie que no aparezca en VILLA VAMPIRO, o cualquier otra cosa relacionado con estos seres y que creáis que debería aparecer aquí, hacer el favor de decírmelo. Gracias

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sábado, 12 de noviembre de 2011

RELATOS VAMPÍRICOS XV

Rina_Sunshine         http://jirou-kuroi.blogspot.com/


Sentimientos Mortales


La gotera del lavamanos se hacia cada vez más intensa. Me paré por veinteava vez intentando hacer que la maldita dejara de gotear.

   —Vamos, no seas necia— le dije apretándola hasta cortar la circulación de mi mano— Maldita, no me ganarás— volví hacia el comedor y busqué la caja de herramientas, en eso estaba, cuando sentí golpes fuertes en la puerta.

   —¿Qué diablos quieres, Mario?— pregunté con ánimo de perros. Miré su brazo. Estaba herido. — Has ido otra vez al bosque, ¿no?— asintió gritando del dolor— Compórtate como un hombre, no chilles.

—Es fácil para ti decirlo— murmuró entre dientes— No te importa luchar. Desde que Ricardo se convirtió no haces...

   —¡No hables de él!— grité, apretando la venda más fuerte de lo que realmente había querido— El está muerto.

   —No lo está, Blanca— saqué el cuchillo y extraje unas astillas— Se ha convertido en un vampiro— me dolió el pecho— Lo hubieras visto hoy en batalla. Cada vez se pone más...

   —¿Y qué quieres que haga?— fui a la chimenea a calentar y esterilizar el atizador que tenía para emergencias.— No puedo matarlo, no tengo voluntad— , gritó más que antes, al sentir el hierro ardiendo en su piel, el olor a piel quemada me dio nauseas — El no me ama… a nadie.

   —Eres un buen soldado, lo sabes— siguió él. Me senté en la silla que estaba a su lado

   —Si tú, que eres su padre no puede, no veo qué pueda hacer yo— afirmé, cansada ya de tantas tonterías— Ahora, vete por donde has venido— abrí la puerta y le hice señas para que se fuera.

Terminé de reparar la llave aquella. Sentí una explosión más allá. Prendí la televisión y lo vi. Medía medio metro más que cuando era un humano. Y tenía diez veces más agilidad. Resultaba curioso que las mujeres fuésemos las únicas capaces de derrotar a los vampiros.

De niñas, nos habían dado el antígeno V, aquel que había sido creado hace 85 años para evitarnos la remota posibilidad de ser criaturas de la noche, una precaución necesaria, sobre todo, después que Katrina había mordido a muchas hembras los últimos 3000 años. Nuestras parejas eran elegidas al momento de nacer. Ninguna tontería romántica nos acompañaba en el emparejamiento. Pero no fue así para mi . Tenía que ser la única a la que no le sucediera.

Andrea había podido matar a su marido sin ningún remordimiento. Yo llevaba 55 años postergando lo inevitable.

Hasta ahora, ningún médico podía afirmar que era lo que hacía que ciertos hombres terminaran convertidos en vampiros. Todo lo que teníamos recopilado en la Guardia Mafedet databa de hace más de 2.500 años. Sólo algunos humanos tenían predisposición genética para convertirse en chupasangres. Conformaban el escuadrón de élite; Némesis. Por eso, tantas personas estaban contaminándose y ese mal era el que nosotras estábamos destinadas a destruir. Katrina; rápida, letal y fría cómo el acero, era la líder del Escuadrón Legendario, uno al que pertenecían todas las hembras que habían sido mordidas antes de la creación del antígeno.

Ricardo fue el elegido, luego de morir Alex, él comenzó a dirigir Las Cacerías de la Luna. Yo, cómo su fiel compañera, estaba destinada a acabar con su sufrimiento.

Apagué el televisor, cuatro horas después, lanzando el control remoto a la pared. Ya era de noche. Todo silencio. Ni siquiera la gotera perturbaba mis pensamientos. Me duché largamente y dejé que el agua me limpiara por dentro y por fuera haciendo las veces de las lágrimas que no podía derramar. Salí del baño y mi respiración se volvió pesada, tomé mi arma, con ese instinto que llevaba junto a mí por más de 60 años; como gato salvaje en la selva preparado para el ataque. Estaba acostado, con los ojos cerrados, cómo si no hubiese reparado en mi presencia. Su musculatura era inmensa y hundía la cama con su cuerpo pesado. Tenía una herida en el pecho. Seguramente, provocada por la batalla de La Cacería de La Luna. Tantos años luchando por el deber ser, para terminar así.
    
Decían que ninguno de ellos tenía alma, pero él llevaba la mía a cuestas cómo respaldo. No había nada que temer, él no me atacaría. O eso quise creer. Acaricié su pelo gris largo y segundos después, él abrió sus ojos. Una mirada dulce y amarilla. (¿realmente no podía sentir?) Que contradicción todo esto. Por una parte, deseaba que él no me quisiera, porqué así estaría a salvo, pero si él realmente me amaba, moriría.

   —Estoy cansado, Blanca— sonreí con tristeza. Ya no podía esperar. Me acosté sobre su pecho. Ya había comenzado su cuerpo a temblar.— Bésame— susurró.
Si me quería, ¿cómo era posible que el amor matase a ese gigante? Algo extraño salió de mis ojos. Así que eso eran lágrimas. Me incliné despacio y lo besé largamente. Suspiró y me quedé ahí, junto a su cuerpo tibio, hasta que él exhaló, al fin, su último respiro.


FIN

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